martes, 30 de agosto de 2016

René + Albert



Hace un año me hubierais encontrado exactamente en el mismo lugar que ahora, pero haciendo algo bastante distinto: si hoy ando traduciendo a todo trapo, entonces estaba redactando el que sería mi pasaporte para acabar un máster que, por distintas razones, se había convertido en un desafío personal. En contra de lo que hubiera podido parecer en muchos momentos anteriores al verano de 2015, en octubre presenté (en la medida en que me dejaron) el trabajo que había escrito sobre el lenguaje visual de Astérix y di por terminada una etapa de mi vida que no puedo sino calificar de agridulce.

No obstante, uno de los momentos que recuerdo con más cariño fueron los pocos días que me quedé sola en casa redactando aquel trabajo. Escribí hasta altas horas de la madrugada, con una copilla de vino sobre mi mesa y el calor de agosto haciéndome sudar la gota gorda. Una de las noches que mejor recuerdo fue aquella en la que, después de mucho leer y destilar, escribí las biografías de René Goscinny y Albert Uderzo. Astérix siempre ha formado parte de mi ADN cultural (sé que la gente me mira raro cuando pongo como excusa que los jabalíes estaban mal alimentados o les digo que se merecerían que los arrojaran al lago con pesos atados a los pies, ¡pero con el tiempo he aprendido a hacer caso omiso!), pero después de aquella noche, siento que ellos son aún más parte de mí. Me siento orgullosa de esta pequeña biografía introductoria a mi trabajo académico porque, sin ser gran cosa, es uno de los pocos textos de la última década que he escrito motu proprio y no traduciendo las palabras de otros. Disfruté mucho escribiéndolo y, por eso, lo he extraído del trabajo, más académico, insatisfactorio e incompleto por definición, y lo cuelgo hoy aquí, por si a alguien le apetece leer la historia de estos dos autores extraordinarios.

[Y si no lo queréis leer ahora mismo y os lo queréis dejar para luego, ¡también podéis descargarlo aquí!].




René

René Goscinny nace en París el 14 de agosto de 1926, de padres judíos ucraniano-polacos, nacionalizados franceses. Dos años más tarde, su familia se muda a Buenos Aires por el trabajo de ingeniero químico de su padre. René pasa toda su infancia y adolescencia en Argentina, donde, para luchar contra su timidez natural, se dedica a hacer reír a sus compañeros de colegio: una ocupación de la que más tarde haría su oficio. Aunque el exilio argentino salva la vida de su familia directa, sus tíos y primos en Francia y Polonia no tienen tanta suerte: tres de ellos mueren en Auschwitz, episodio que marca profundamente al joven Goscinny (sus tíos eran impresores de profesión, y en su honor bautizaría a sus dos personajes más famosos con nombres de signos tipográficos, el asterisco * y el óbelo ). Otro duro golpe le espera al joven René en 1943, pues justo cuando iba a ingresar en la facultad de Bellas Artes, su padre muere repentinamente, lo que lo obliga a dejar los estudios y buscar un empleo. En octubre 1945, por invitación de un tío suyo que reside en Nueva York, el joven de 20 años pone rumbo a Estados Unidos junto con su madre. El sueño americano no llega para Goscinny: tras trabajar como intérprete en una empresa de importación y exportación marroquí y hacer el servicio militar en Francia, se encuentra viviendo de la exigua pensión de su madre durante casi dos años, hasta que, por fin, encuentra trabajo como ilustrador y conoce a algunos de los futuros fundadores de la mítica revista Mad, Harvey Kurtzman, William Elder, Charles Stern y Jack Davis. El humor de la revista, fundamentado en los usos y costumbres de los estadounidenses y dirigido a un público más bien adulto sin duda marcaría a Goscinny, que posteriormente recibiría críticas porque su humor era demasiado «anglosajón». En 1949 conoce también a Maurice de Bévère (Morris), con quien más tarde colaborará escribiendo los guiones de Lucky Luke, y a Joseph Gillain (Jijé) que le presentarán a Georges Troisfontaines, director de la agencia belga Word Press. Este le menciona la posibilidad de visitarlo en Bruselas. Goscinny se toma la propuesta al pie de la letra y reúne sus escasos ahorros para ir a Bélgica. Allí, Jean-Michel Charlier, tras leer sus guiones, convence a Troisfontaines para que lo contrate. Una noche del invierno de 1951, Troisfontaines envía a Goscinny a por unas planchas al domicilio de uno de sus dibujantes en la rue de Montreuil. Es entonces cuando conoce a Albert Uderzo, lo que marca el inicio de una estrechísima amistad y de una de las colaboraciones más fructíferas de la historia del cómic.

Albert

Albert Uderzo, hijo de emigrantes italianos, nace el 25 de abril de 1927 en Fismes (Marne). Llega al mundo con seis dedos en cada mano (sus dos dedos extra pronto le son extirpados quirúrgicamente) y daltónico, aunque ninguna de las dos cosas le impide dedicarse a la ilustración, tarea en la que, desde una edad muy temprana, demuestra un gran talento. Su infancia es dura pero feliz. Sus padres son pobres y, en la escuela, sufre en alguna ocasión la italofobia reinante y le tildan de «macaroni». En 1934 recibe la nacionalidad francesa. Sus compañeros lo apodan cariñosamente Bébert.


Durante la Segunda Guerra Mundial, su hermano Bruno, consciente de su talento para el dibujo, le consigue trabajo de chico para todo en la S.P.E., Sociedad Parisina de Edición. Será allí donde aprenderá los rudimentos del oficio y conocerá al ilustrador Edmond Calvo y donde publicará sus primeras ilustraciones. Cuando Hitler implanta el Servicio de Trabajo Obligatorio (S.T.O.), Bruno obtiene documentación falsa y los dos hermanos Uderzo se trasladan a un pequeño pueblo de Bretaña, Saint-Brieuc, donde trabajarán para el dueño de un vivero que proveía a los nazis de rastrojos para ocultar sus pistas de aterrizaje. Años más tarde, cuando Goscinny dejara a la elección del dibujante el emplazamiento de la aldea gala, Uderzo no lo dudaría ni un segundo, pues recordaba con cariño la región y a las gentes de Bretaña.


En 1943, Albert Uderzo regresa a París y comienza a ayudar a su padre como maquinista de un lutier. Un año más tarde, recibe formación como soldador autógeno por parte de las fuerzas de ocupación alemanas y es trasladado a Roanne para fabricar bombas para el ejército, de donde consigue escapar. Regresa con sus padres a París, donde vive en la clandestinidad hasta la liberación en agosto de 1944.

Su interés por los dibujos animados, especialmente por Walt Disney, le empuja a buscar empleo como animador. Es contratado como intervalista, pero la experiencia le decepciona y vuelve a buscar empleo como dibujante. Después de lograr publicar algunos dibujos, Uderzo se convence de que puede dedicarse profesionalmente a ello. Sin embargo, debe hacer su servicio militar y a su vuelta, a finales de 1949, no encuentra trabajo. Se plantea abandonar su empeño y marcharse a trabajar con Bruno al norte de Francia, pero justo entonces lo contratan de reportero-dibujante para France Dimanche y France-Soir. Allí le exigen que haga dibujos realistas, algo a lo que no está acostumbrado, pero en lo que adquirirá mucha habilidad (y que se reflejará en sus obras posteriores). Su trabajo en el Tour de Francia de 1951 atrae la atención de Yvan Cheron, fundador de la agencia belga International Press, que le propone regresar al cómic. Uderzo abandona France Dimanche e inicia la serie realista del piloto Belloy, guionizada por Jean-Michel Charlier. Tras conocer a René Goscinny, abandona la soledad de su actividad autónoma y traslada su mesa de trabajo a las modestas oficinas de World Press en los Campos Elíseos.

Albert + René

A partir del momento en el que Albert Uderzo y René Goscinny se conocen y florece entre ellos una estrecha amistad (que posteriormente se reflejará en la relación entre sus protagonistas más famosos), Goscinny abandonará el dibujo para concentrarse en los guiones y Uderzo se convertirá, orgulloso, en su primer dibujante:

[…] je dois dire que j'étais, et je le suis toujours, un dessinateur médiocre. J'ai commencé à écrire et j'ai rencontré Uderzo qui, lui, dessinait et écrivait ses scénarios… De l'union de nos médiocrités, nous nous sommes épaulés l'un l'autre, comme nous avons pu [Goscinny 2014: 62].

Tras varias colaboraciones esporádicas conjuntas por encargo (Jehan Pistolet, Luc Junior…), Goscinny y Uderzo comienzan a trabajar juntos. Una de sus primeras colaboraciones serias es Umpa-pá, el piel roja, que puede considerarse el «hermano mayor» de Astérix, porque comparte con él muchísimos elementos y recursos que ambos autores refinarían más tarde en la serie del irreductible galo. A pesar de todo, la acogida de Umpa-pá, tanto en Francia y Bélgica como en Estados Unidos, no es buena y el proyecto terminará en un cajón. Siete años más tarde, en 1958, Goscinny y Uderzo lo revisarán y será publicado en la revista Tintin, aunque los autores lo abandonarán hacia 1961, tras cinco álbumes publicados.

Pilote

En 1955, la precariedad de los creadores franco-belgas anima a Goscinny a intentar organizarse para hacer valer sus derechos. Troisfontaines se entera y despide al guionista. En solidaridad, Uderzo, Charlier y el responsable de publicidad de World Press, Jean Hébrard, presentan su dimisión y fundan Édipresse/Édifrance.


En 1958, Jean Hébrard se encuentra con François Clauteaux, un amigo de la infancia y antiguo publicista que lleva varios años dándole vueltas a la idea de crear una revista juvenil seria con inspiración francesa (en contraposición con las publicaciones estadounidenses o belgas que copaban el mercado francés), una especie de Paris Match juvenil (como revelaría el diseño de la portada del número uno de la revista, con la franja roja y las letras blancas del título). 



Ese es el inicio de Pilote, en el que Hébrard será director, Clauteaux redactor jefe, Goscinny secretario de redacción y Charlier director artístico. Es un caso excepcional, pues la publicación es propiedad de su creador, pero también de tres de sus autores, que pueden así dar rienda suelta a su imaginación, dejando atrás el pasado en el que su creación se veía supeditada a los imperativos comerciales y las presiones de sus clientes. 


De este modo, durante el verano de 1959, Goscinny y Uderzo se aprestan a crear una nueva serie para la revista de nuevo cuño, con la única instrucción de que los personajes han de ser franceses y el público objetivo será juvenil más que infantil, pero los lectores adultos también serán bienvenidos. Se decantan por adaptar Le Roman de Renart, una colección de poemas cuyo protagonista es un astuto zorro (probablemente de ahí le venga la astucia a Astérix, por pura contaminación inspiracional), e incluso crean una primera plancha para incluirla en la maqueta de la revista, pero descubren que Jean Trubert ya había tenido la misma idea unos años antes.


Decepcionados, Goscinny y Uderzo vuelven a la carga. Encerrados en el apartamento de este último, bebiendo pastis y fumando cantidades ingentes de cigarrillos, Goscinny le pide a Uderzo que repase las épocas históricas de Francia. Rápidamente, descartan la prehistoria por falta de inspiración y precedentes y pasan a los galos, en donde encuentran una época extraordinariamente fecunda en la que encuadrar su nueva serie. Los factores que la hacen tan atractiva son principalmente dos: en primer lugar, los escolares franceses estudiaban a los galos como mito fundacional de la nación francesa, lo que aseguraría un reconocimiento universal de personajes ambientados en esa época por parte de sus lectores potenciales, y, en segundo lugar, porque nadie hasta entonces había ambientado una serie de cómic humorística en esa época (existían dos antecedentes, que comparten con Astérix la terminación en -ix de los nombres de los protagonistas: Les aventures de Totorix de Jehan Nohain, y Aviorix, le Gaulois, de Marcel Moniquet).


Según Goscinny, los dos amigos crean la aldea gala y a sus habitantes en dos horas de intenso trabajo. Así es como nace Astérix: como el símbolo de la emancipación creativa de sus dos autores en el transcurso de un intercambio de ideas intenso, estimulado por la urgencia y cargado de entusiasmo y complicidad.


Durante los años posteriores, Pilote será el escaparate ideal de la serie, cuyos álbumes completos no se publicarán hasta dos años después de su primera aparición por entregas en Pilote, aunque la revista nunca gozará de demasiado margen económico. Al cabo de un año, el editor Georges Dargaud la compra por el precio simbólico de un franco. 


Paralelamente al éxito sin precedentes de Astérix, la línea editorial de Pilote cambia varias veces de rumbo, ofreciendo contenidos cada vez más orientados a un público menos adolescente y más adulto. Entre 1967 y 1974, Goscinny es nombrado director y durante una prolífica época descubre a una nueva generación de autores del cómic entre los que se cuentan Gotlib, el difunto Cabu, Moebius e incluso Terry Gilliam, entre otros. Durante los años setenta, la revista empieza su lento proceso de decadencia (en 1974, Goscinny decide apartarse de la dirección por la voluntad de sus integrantes de politizar y erotizar la revista). Después de haber sido testigo del nacimiento de una de las figuras del cómic más importantes de todos los tiempos y de haber descubierto a infinidad de dibujantes y escritores noveles, Pilote cierra sus puertas en 1989 poco después de haber cumplido treinta años.

Astérix

Con su nueva serie protagonizada por un guerrero galo de físico atípico, Goscinny y Uderzo esperan cosechar cierto éxito, pero lo que nunca llegan a imaginar es que lograrán igualar en importancia al Tintín de Hergé y que su creación se convertirá en el fenómeno editorial más importante del mundo del cómic europeo, cuyas repercusiones afectarán profundamente a la concepción del sector.


Siete años después de su aparición en Pilote, en 1966, L'Express le dedica su portada que lleva precisamente por título Le phénomène Astérix, un año después de haberla dedicado a otro fenómeno de masas asociado a la juventud, la Beatlemanía. En palabras de Olivier Piffault:

Le phénomène Astérix le Gaulois est éditorial et économique, par l'explosion de la vente des albums; culturel, par l'élargissement du lectorat de la série et sa reconnaissance dans le monde des adultes; il est aussi structurel, par l'influence sur le marché de la bande dessinée en France et en Belgique; mondial par ses traductions, et transmedia par la déclinaison dans les univers audiovisuels et vidéoludiques [Astérix de A à Z: 141].

El éxito de Astérix es casi inmediato, lo cual se ve reflejado en la correspondencia de los lectores de Pilote, que la prefieren a las demás series de la revista. Durante un tiempo, Pilote será «Le journal d'Astérix et Obélix». La serie también se convierte en un serial radiofónico en Radio Luxembourg y, a partir de 1967, comenzarán a aparecer sus adaptaciones cinematográficas.


El sábado 5 de noviembre de 1977, René Goscinny fallece repentinamente a los 51 años por un infarto durante una prueba de esfuerzo en la consulta de su cardiólogo. Tras este duro golpe y con 24 álbumes de Astérix a sus espaldas, Uderzo decide continuar engrosando la colección, aprovechando mucho del material que su compañero dejó inconcluso. El ritmo de aparición de los álbumes, que hasta entonces había sido prácticamente anual, desciende considerablemente y, a partir de aquel momento, los álbumes de Astérix aparecen aproximadamente cada cuatro años. Desde entonces, Uderzo todavía publicará diez álbumes más.


En 2011, Albert Uderzo, a sus 85 años, decide vender la editorial Albert René, creada tras la muerte de Goscinny para publicar los álbumes de Astérix, a la macroeditorial Hachette Livre. Un año más tarde, anuncia que cederá el testigo de su obra más importante a dos nuevos autores: Jean-Yves Ferri y Didier Conrad [Solin 10 oct. 2012]. La primera obra conjunta de ambos, Astérix y los pictos, se publica el 24 de octubre de 2013 y cosecha críticas desiguales (aunque definitivamente mejores que los últimos álbumes firmados por Uderzo), pero también demuestra que los dos nuevos autores serán capaces de darle continuidad a la serie. Su segundo álbum, titulado El papiro del César, salió hace poco menos de un año a la venta, el 22 de octubre de 2015.



martes, 26 de julio de 2016

Partir en livre

Banderolas de Partir en livre y, de fondo, el estanque de la Tête d'Or

La semana pasada en Lyon participamos un poquitín en Partir en livre, una iniciativa de promoción de la literatura infantil y juvenil organizada, entre otros, por el Centre national du Livre. En Lyon, se organizó una yincana bastante chula en el precioso parque de la Tête d'Or en torno a una cuatrilogía literaria para adolescentes escrita a ocho manos por cuatro autores de literatura JA franceses (Yves Grevet, Florence Hinckel, Vincent Villeminot y Carole Trébor), U4 que, por lo visto, ha tenido bastante éxito entre la muchachada.

Je veux un cocodrile !

Más tarde, encontré una librería infantil muy recomendable en nuestro barrio, la Librairie Inter-fun! y le compré tres cuentos preciosos a Claudio. El primero de ellos podéis verlo en la foto: Je veux un crocrodile ! de Laure Monloubou, especialmente dedicado para niños que pillan rabietillas y se olvidan a veces de pedir las cosas «porpavó». ¡Una semana muy literaria! :-)

viernes, 6 de septiembre de 2013

Los traductores de Robert Walser (I)


Aprovechando que estos días estoy de baja a la espera del nuevo inquilino que llegará a casa en los próximos días, he sacado por fin tiempo para escribir sobre una de las jornadas más interesantes a las que asistí el pasado mayo mientras estábamos todavía en Lausana, Suiza. El acontecimiento consistió en la reunión de 19 traductores del respetadísimo autor suizo Robert Walser en la Universidad de Lausana, el pasado 7 de mayo.

Mi ejemplar de Jakob Von Gunten con la fotografía de Robert Walser en la portada

 No suele ser común que los traductores de un mismo autor a distintas lenguas tengan el más mínimo contacto entre sí y aunque, casi por definición, la actividad traductora se defina por su introspección y soledad, el acontecimiento del Walserweltweit (Walser a lo largo y ancho del mundo) demostró, una vez más, que los traductores, cuando se juntan, siempre tienen de qué hablar.

La jornada, organizada por el Robert Walser-Zentrum, la fundación cultural Pro Helvetia, el colegio detraductores de Looren y el magnífico Centro de Traducción Literaria de la Universidad de Lausana (UNIL), consistió en reunir en el Château de Dorigny, un hermoso edificio que forma parte de las instalaciones de la Universidad de Lausana, a estos 19 traductores de Robert Walser en torno a un texto inédito del autor, Die leichte Hochachtung, para que discutieran sus impresiones sobre el texto que ellos mismos habían traducido previamente.

El Château de Dorigny

Si ya es difícil discutir largo y tendido las particularidades de una traducción de un solo idioma a otro, ¡podéis imaginaros la dificultad que entraña el hecho de comentar una traducción de un idioma (alemán) a 16 idiomas diferentes! La discusión fue francamente interesante, pero antes de hablaros de ella, os presentaré a sus protagonistas y sus respectivos idiomas:


Marion Graf (francés)


 Margherita Belardetti (italiano)



[sin foto]

Rosa Pilar Blanco (español)


 Teresa Vinardell Puig (catalán)



Sergio Tellaroli (portugués brasileño)



Theo Votsos (griego)


Susan Bernofsky (inglés estadounidense) @uebersetzbar


Damion Searls (inglés estadounidense)


Slavo Šerc (esloveno)


Anna Glazova (ruso)


 Lídia Nádori (húngaro)










Tali Konas (hebreo)


 Jieping Fan (chino)

[Sin foto]

Megumi Wakabayashi (japonés)

 [Sin foto]

Fuminari Niimoto (japonés)

Particularmente, me interesaba mucho conocer a Susan Bernofsky, autora del blog Translationista (aquí su crónica sobre el Walserweltweit), con la que tuve el placer de colaborar durante octubre de 2011 con motivo del movimiento Occupy Wall Street, para el que ella organizó el grupo de traducción de comunicados y otros escritos (entre ellos, el Occupied Wall Street Journal) y yo participé con algunas traducciones al español. Además, me encantó conocer a los demás traductores del equipo con los que tuve la oportunidad de charlar, ¡todos gente estupenda, respetuosa y muy interesante!

martes, 11 de junio de 2013

La Rosa de Melodía en la Toscana

Tengo un montón de cosas en el tintero, de todas las charlas interesantísimas sobre traducción y literatura a las que he estado asistiendo últimamente aquí en Suiza, pero no quería dejar pasar la oportunidad de publicar algo, aunque sea pequeñito, sobre Melodía en la Toscana, la nueva novela de Belinda Alexandra que sale a la venta hoy y que también he traducido yo (como sus tres novelas anteriores: La gardenia blanca de Shanghái, La lavanda silvestre que iluminóParís y Secreto de hermanas).

Una servidora en el Ponte Santa Trinita que tanto le gusta a la protagonista de Melodía en la Toscana

Melodía en la Toscana (Tuscan Rose es su título en inglés) es, sin duda, la novela de Belinda que más me ha gustado hasta ahora: un novelón de misterio, en el buen sentido de la palabra, en pleno auge del fascismo italiano en una ciudad tan maravillosa como Florencia… ¿Qué más se puede pedir?


La Via Tornabuoni en la actualidad, uno de los escenarios centrales de Melodía en la Toscana


Con Melodía en la Toscana, creo que Belinda se consagra como una estupenda narradora. Puede que el estilo romántico-histórico no os atraiga mucho, pero los detalles históricos, la cuidadísima documentación y los pequeños toques de fantasía surrealista hacen que haya sido todo un placer traducirla.


El bellísimo y animadísimo Ponte Vecchio, uno de los atractivos turísticos de la ciudad

Rosa Bellocchi es un personaje que da varios giros a lo largo de la narración (ya lo veréis si la leéis, y si no, pues os quedaréis con las ganas ;-)), como los buenos personajes de las buenas sagas, y su carácter es una mezcla de ingenuidad y fortaleza femenina que resulta muy atractivo y hace que en todo momento te quede la pregunta de qué pasará con ella al final…

El Convento del Santo Spirito, un lugar muy importante en la novela... ¡Ahora tiene un estupendo restaurante!

 Un misterio de traiciones, venganzas y muertes sanguinolentas que algo os recordará a Blancanieves, ambientado, como ya os he dicho, en pleno auge del fascismo italiano, y que le da vida propia a algunas localizaciones florentinas como la Via Tornabuoni, el puente Santa Trinita, el Ponte Vecchio, el Convento del Santo Spirito, la bella catedral de Florencia, etc., en una época oscura de la historia europea contemporánea.

La cúpula de Brunelleschi de la basílica de Santa Maria di Fiore, la favorita del marchese Scarfiotti

Precisamente, el año pasado, durante la primera visita que hacía a Italia (a Roma, ¡de regalo de cumpleaños! :-)), tuve la oportunidad de pasear una tarde por Florencia, ¡y me pareció preciosa! Las fotos que acompañan esta entrada pequeñita son de allí. Además, pude ver en vivo y en directo el David de Miguel Ángel... ¡Que me encantó! No desmerece en nada la fama que tiene. Es una obra de arte como hay pocas.

El interior de Santa Maria di Fiore, una catedral bellísima, tanto por dentro como por fuera

Lo dicho: si leéis Melodía en la Toscana, espero que guste (probablemente será la última traducción que leáis mía en una larga temporada, porque dentro de nada, tendré que ocuparme de otros menesteres más bienalejados de la literatura…). Mientras tanto, ¡disfrutad y leed mucho!




jueves, 30 de mayo de 2013

Encuentros de traducción 2013 en París (II)

Ayer os estaba contando cómo fueron las mesas redondas de la tarde en los encuentros de traducción 2013 en París. Después de un cuidadísimo buffet libre compuesto por aperitivos y dulces en el tuvimos al oportunidad de charlar fugazmente con algunos de los asistentes al encuentro, comenzaron las charlas de la tarde. Nosotras solo fuimos a la primera de ellas:

De 14.00 a 15.15: La traduction des sciences humaines et sociales.
Con Christophe Guias, director literario de ciencias humanas de la editorial Payot; Michèle Leclerc-Olive, socióloga responsable del Taller de Investigación y Traducción en Ciencias Sociales (ARTESS); Dieter Hornig, traductor; y Bruno Poncharal, lingüista y traductor, con la moderación de Alain Delissen, historiador.


Michèle Leclerc-Olive habló sobre ARTESS, la importancia de contar tanto con expertos lingüistas como con especialistas en la materia en cuestión cuando se traducen las ciencias humanas y sociales (algo que se puede ampliar a cualquier disciplina científica) y sobre la nueva situación actual en la que, dado en el mundo en el que vivimos, se dan interesantes situaciones culturales triangulares, en las que un autor ruso escriba sobre África y se lo traduzca al francés, por ejemplo.

La intervención de Christophe Guias fue muy iluminadora, porque no siempre se tiene la oportunidad de escuchar la opinión del «otro lado», el punto de vista de la edición. También me gustó mucho su sinceridad. Como responsable de una sección minoritaria (ciencias humanas) dentro de una editorial generalista como es Payot, Guias reconoció que para que una traducción (o retraducción) de un autor tenga lugar, tiene que haber una gran dosis de interés por parte del traductor, y el editor tiene que proporcionar el tiempo (porque, aunque parezca mentira, hay prisa por traducir las obras cuyos derechos se adquieren, y no siempre el tiempo proporcionado es el óptimo). Yo tengo que reconocer que me deprimí un poco cuando Guias les pidió explícitamente perdón a los traductores franceses por pagarles unas tarifas que serían el sueño y la envidia de cualquier traductor de libros español… Pero siempre viene bien saber lo que cobran tus vecinos (sobre todo si no hay razones de peso por las que ellos debieran cobrar más que tú). Otro dato que Guias nos dio fue que él aboga por utilizar traductores no expertos en la materia en cuestión, porque defiende que los traductores no especializados no tienen «vicios» que otros especialistas en la materia reproducen alegremente de una traducción a otra. Me pareció un argumento interesante (que sé que a muchos les escandalizará).

Por último, la intervención de Bruno Poncharal me pareció muy instructiva, aunque quizá, por momentos, demasiado teórica. Nos habló de la relación entre el pensamiento y la lengua, y la imposibilidad de desvincular al uno de la otra. Dado que todo pensamiento se realiza en una lengua, aquel no es libre de esta; por lo que la búsqueda de una lengua «perfecta», «sin tacha», «limpia», no solo es un deseo imposible, sino que también es equivocado: pues en la imperfección de la lengua está su riqueza. Nos hizo también una metáfora curiosa (muy francesa, por otra parte :-)), en la que comparaba al autor con el marido, al texto con la esposa, y al traductor, por último, como el amante. ¡Curioso!, ¿verdad?

Finalmente, se debatió sobre la importancia de la coherencia textual a la hora de traducir, ¡también ciencias sociales! Muchos traductores se dejan llevar por la fetichización del autor al que traducen y el resultado de pegarse demasiado a sus palabras —¡e incluso a su sintaxis!— supone que la traducción sea prácticamente ilegible.

Por último, tuvo lugar una cuarta mesa redonda:

De 15.30 a 16.15: Traduire l’image, con Christophe Commères, Anne Rafroidi, Odile Manforti, Anaïs Duchet, y moderación de Marc Fernández.

A la que nosotras ya no asistimos y la clausura a cargo del presidente del CNL, Jean François Colosimo.



Anne y yo decidimos aprovechar el resto de la tarde para darnos una vueltecilla por los Campos Elíseos (donde me compré una chaqueta estupenda en las rebajas —sin cintura, que de eso ya no tengo—, que me está siendo de mucha utilidad aún ahora, dada la falta de primavera —y parece que de verano también— que estamos pasando), y seguimos charlando sobre todo lo que nos había contado durante el encuentro y poniéndonos al día de otras cosas, que hacía tiempo que no nos veíamos…

Como conclusión, Anne me prestó una pequeña lista de motivación traductora que tiene colgada en el corcho de su despacho (que yo okupé durante todos los días que estuve alojada en su casa) y me gustaría compartir aquí, porque es puro sentido común, aunque a veces se nos olvide…